Fotografías de Thomas Cristofoletti
No sé si faltan miembros del partido con mayores dotes resolutivas, o por el contrario resulta que sobran. En cualquier caso, el resultado era que doce horas antes de lanzar la campaña electoral, aún discutíamos si era procedente perpetrar una acción de arranque en la puerta del Congreso.
Con escasez de asesores legales y superávit de asesorados por la justicia, la responsabilidad de proyectar un vídeo sobre la fachada del congreso asustaba. A pocos nos importaba pasar la noche en el cuartelillo, pero nuestros maltrechos bolsillos no podían asumir multas de varios ceros. Quizá en eso sí reflejemos la osadía de los que aspiramos a representar.
Contraviniendo algunas opiniones nos plantamos allí, pero relajamos la acción a poner rostros a la causa. Poco a poco vamos llegando, y merodeamos, siguiendo un instintivo ritual de cortejo con la policía. Hay flechazo. Les explicamos qué vamos a hacer, e intuyo que defraudamos cualquier tentación de acabar a mamporros. Somos mansos, aunque creamos que balamos ladridos. Algún agente lle
ga incluso a reconocer que ha oído hablar de nosotros. Explicamos el leitmotiv del partido como siempre. Como siempre se nos escucha como debieron escuchar a Colón explicando que la tierra es redonda.
Posamos para un fotógrafo de El Mundo, sin saber que quienes posan realmente son los que figuran en los carteles, los involuntarios
protagonistas de una injusta lucha a muerte. Cumplido el objetivo, recogemos el coche prestado para la ruta y zarpamos. Los cuatro desarrapados somos:
Miguel Ángel, candidato al senado por Madrid. Más que poeta, un poema en sí mismo. Nunca se le olvida por qué hacemos lo que hacemos.
Arturo, otro candidato al imposible senado. Ejerce la logística y el cinismo.
Alicia, la responsable de prensa de la campaña. Canaliza el viaje a medios y afiliados.
Thomas, fotógrafo italiano que parece filtrar y editar antes de hacer click.
La lluvia ya azota desde el arranque, una lluvia rabiosa, casi indignada, que a los retornados de Centroamérica se nos antoja importada. Seguirá presente todo el viaje. Incluso cuando cesa, su ausencia se deja ver más que el sol.
Jueves noche, carretera y manta. Lluvia, noche y obras. Sabíamos que Fomento protegía el bipartidismo, no así los meteorólogos. Encontramos un oasis a medio camino, mientras los espejismos nos calan hasta los principios. Seguimos, y la lluvia envida más. Duerme quien puede. Por Málaga ya circulan rutinas matutinas, aunque es difícil ver si ha amanecido.
A eso de las nueve fichamos en el puerto de Algeciras, donde compramos los pasajes para el ferri de las diez y media. Un desayuno y cinco

vueltas al coche después, embarcamos. La mar está con suficiente coraje para merecer el femenino, aunque no tanto como asustaba uno de los policías en el Congreso.
Plantamos cara al mareo saliendo a cubierta y organizando la jornada. Sabemos que, mientras aporreamos teclas de móviles y ordenadores, navegamos por encima de una cantidad incierta de cadáveres anónimos que no sobrevivieron el estrecho. Entristece, cabrea y motiva.
Nos apeamos como peatones una hora después, y vamos directamente a la frontera.
Remoloneamos estudiando la sensibilidad de las fuerzas armadas, pero parecería que ni disfrazados de payasos podríamos llamar su atención. Tanta charla de medios, agenda y leyes son tiradas de la mesa por el necesario guiño de Miguel Ángel: que nadie se olvide los motivos que nos traen aquí.
Por un mundo más justo fue una causa antes que el nombre no registrado de un partido. Así se consiguió que esa pegada de cárteles no fuera una pose, sino un sentido símbolo. Sí, ahí lo sentimos todo de nuevo. Por eso estamos aquí.
Parón para predicar con el ejemplo alimentándonos y aprovechando para subir fotos y notas de prensa a Madrid. De ahí, al CIE de Ceuta, allí llamado CETI. Un taxi nos deja en la puerta, donde nos quedamos esperando que amaine, con la excusa de ver si viene algún medio. Los de seguridad se agolpan en la puerta, pero tras unos minutos ejercemos una natural indiferencia mutua.
Bordeamos el perímetro para ver dónde leer el comunicado para exigir el cierre de estas cárceles encubiertas, estos invisibles guantánamos patrios.
Ropa colgada por toda la valla asume que la lluvia no va a permitir que se seque. Nada da la impresión de estar de paso, menos aún los encarcelados. Para rentabilizar los consejos sobre negociación, comentamos a un guardia nuestra intención. Pide opinión a los superiores, quienes sitúan la importancia de nuestra presencia entre un rábano y un pimiento.
Empezamos a leer el comunicado a dos voces, con varias interrupciones por la ya denominada tormenta por derecho propio. La paradoja de ver
que los folios se deshacen en las manos por la lluvia puede llegar a enrabietar; no, esto no es papel mojado. Cierren estas prisiones. Ya.
Al rescate acude Francisco Javier, taxista ceutí. Tenemos aún un rato hasta que zarpe el ferri. Propone ejercer de guía turístico, y sabe lo que buscamos. No para de hablar del ambiente social en la ciudad, mientras llegamos a la frontera cerrada, la otra, la puerta de atrás.
Este es el paso frecuente de los ilegales. Tres vallas de unos 7 metros que llegan a Tetuán, incluyendo una carretera entre dos de ellas para patrullar. “Ahora todo es mejor, Marruecos está colaborando” repite Francisco Javier. Pero los desesperados están ahí
escondidos, y las fuerzas armadas marroquíes no son garantía de una mayor dignidad humana. Nos habla de los habitantes del CIE.
Algunos llevan ya tres años en ese limbo, y de los que salen, muchos son simplemente para reubicarlos en lejanos CIEs repartidos por España. Se buscan la vida durante las horas de sol, algunos recogiendo carritos del supermercado. Francisco Javier no muestra desprecio ni aversión, si acaso compasión. Es un hombre bueno. Supongo que casi todos lo somos. Pero algo falla.
Vuelta a la península, dirección Cádiz. Llegamos a las diez y pico de la noche. Alberto, coordinador de esa provincia, nos recibe puntual. Este partido son solo personas, no muchas, pero enamoradas de la causa. La casa de los padres de Arturo apesta. El congelador se apagó en algún
momento y la carne está podrida. Inevitablemente, si mencionamos que algo huele a podrido en Cádiz, Ofelia se une a los mártires del estrecho. Ventilamos y salimos enseguida a cenar, no vaya a ser que nos sentemos y desfallezcamos.
Cervezas y tapas para rociar el encuentro con Alberto, mientras repasamos las últimas lides: avales, juntas electorales, recursos… Quienes bloquean la justicia humana nos obligan a pensar en injusticias democráticas. No deja de ser un leve añadido, las grandes injusticias no pierden su protagonismo.
Dormimos como bebés, desayunamos como adolescentes, y tomamos el camino de vuelta. Reposando lo recorrido, nos hacemos conscientes de haber comenzado un viaje cargado de sueños; el viaje fue, cuando menos, onírico.
La lluvia persiste, pero aportando una gama de colores completamente irreal. Pareciera que Thomas juega con los filtros de su cámara en los vidrios del coche.
Todo lo que abarca nuestra visión, desde los árboles hasta las nubes, pavonean colores que hubiéramos jurado no haber visto nunca antes. Desisto de tratar de describirlo. Nuestra expresión en ese momento fue la del síndrome de Stendhal. Como corolario, un arco iris resiste durante buen parte del viaje, cerrando el semicírculo por momentos y marcando el destino final.
Descansemos con moderación. Sigue el trabajo. Sigue la lucha.




